18.11.06

Mr. T y yo



Ciertamente había olvidado lo que era odiar a un profesor. Salí del colegio hace mucho más de 10 años. Recuerdo horrendos despotriques allá en mis años mozos en el bonito técnico de Sabana Sur, contra el padre negro, católico y profesor de religión. Forrado en tantas cadenas de oro que hasta tapaban el collarín blanco de su sotana, su retorcido sentido de la moda dictaba usar unas riendas similares en cantidad para envolver sus muñecas. A tono con lo anterior, un brillante y gigantesco reloj dorado y unos cuantos anillos “tipo graduación”, complementaban su sacro atuendo.

La clase de religión siempre comenzaba con alguna oración. Todos de pie, primero escuchábamos una lectura bíblica y al terminar, inmediatamente la sucedíamos con un Padre Nuestro. Una lección de tantas, tomé sitio justo al frente del muy barroco Mr. T. Este leía el “salmo de los impíos” con esa vehemencia medio artificial que tienen los curas cuando dictan misa. Como quien oye llover y completamente absorta en todo tipo de pensamientos ajenos a la religión y la temperatura promedio en el infierno, sentí por la entonación del padre que estaba próximo a terminar su retahíla. Volví mi cabeza hacia él y nuestras miradas se cruzaron, al tiempo que recitaba la última frase del salmo:

-“¡y los impíos morirán!”-

Justo en ese momento el viejo maldito desgraciado, cerraba su Biblia y en un extraño impulso, me propinaba un golpe con ella en la cabeza.

Atónita y algo humillada, me di cuenta que nadie pareció percatarse de aquel bizarro incidente, e inmediatamente todos comenzaron a rezar el Padre Nuestro con absoluta naturalidad. El “así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden…” perdía total y completo sentido para mí.

Ya en años universitarios, hace unos días tuvo lugar la presentación de proyectos de quinto año. Aquello fue una escena digna de recordar. La primera compañera evaluada salió gesticulando y jalándose los pelos, el segundo, un poco confundido por preguntas técnicas propias de una especialidad ajena a él, supongo formuladas adrede para que no supiera responder. Tal parece que una reencarnación de Mr. T, se había colado en la calificación y empezó a repartir bibliazos a diestra y siniestra.

Esta vez el agresor no usaba costosas cadenas de oro, pero sí trataba de exhibir el equivalente académico de la ostentación: inaceptable soberbia y una peligrosa subestimación al prójimo.

Luego fue mi turno.

-“Sí, verdad, tiene razón. Es curioso que a nadie más se le haya ocurrido antes”,- me dijo la jueza luego de explicar la pieza relativa a género, religión y sexualidad (en realidad ni siquiera me lo dijo a mí, se lo dijo a otro profesor que estaba sentado un poco más atrás).

En ese cuestionable elogio, fueron esbozados los primeros amagos de pisotear mi dignidad. Luego de unas cuantas discrepancias de percepción, como es natural en cualquier calificación de quinto año que involucre ropa, religión y prácticas mágicas, la jueza dio rienda suelta al antropólogo que todos llevan dentro y lanzó sus conclusiones teóricas de dudosa referencia bibliográfica.

Fue curioso ver rejuvenecidos aquellos odios colegiales, reservados para momentos en que se tiene la certeza de estar siendo emocionalmente vapuleado por un docente, pero saberse impotente para exponer una defensa efectiva cuando lo agarran desprevenido. Más que mostrar alegría por salir airoso de aquel implacable ataque de serrucho y segueta, la primera reacción del evaluado era verse la ropa, olerse los sobacos o mirarse los dientes en el espejo a ver si algún frijol del gallo pinto le quedó pegado en la sonrisa. Ninguno de nosotros, teníamos idea del porqué nos estaban tratando como si hubiéramos presentado una nigüenta o una lapa de llanta para la exposición.

El arte (como la religión) está colmado de afirmaciones y criterios subjetivos. Cada quien, según su formación y experiencia, ejerce el derecho a emitir un juicio si así se lo piden. Sin embargo, al igual que con aquel golpe sorpresivo de Biblia a mi incipiente agnóstica cabeza, nunca deja de desagradar el ser violentado con instrumentos en los que no se cree del todo, pero por su carácter sagrado, maltratan la autoestima y el intelecto de quienes se someten a su medición. El tener un profesor aparentemente inquisitivo cuyo único objetivo es reafirmar su jerarquía y convencerse de una preconcebida mediocridad de sus estudiantes, es tan cuestionable y contradictorio como un sacerdote que olvida sus votos de pobreza y cae en la tentación de envolverse en refulgentes cadenas de oro.















6 comentarios:

Matriuzka dijo...

Ja ja ja

¡Por lo menos te dejó una historia que contar!

Eso me suena como a: "A Dios rogando y con... ¿la Biblia dando?"

¡Saludos!

Francisco Duran dijo...

ironicamente, esta historia me parecio un poco cruel, aunque a la vez estuvo muy amena... me la lei completa y al final me dio mal ride porque uno siempre se topa con profes asi...

ojala que todos esos profes se pensionen o se larguen rapido a otro brete... y ojala que venga una nueva generacion que con conocimiento de causa de esas excentricidades, cambien de una vez por todas el ambiente academico.

y pues nada... arriba ese animo! y con mas razon cuando el que te lo trata de bajar, es un idiota.

Anónimo dijo...

Aquí la Sardina albina. Pasé el blog a Google y no puedo postear con mi nombre :|

Con lo segundo empatizo y un montón. 2001: llegué con dos hojas de resumen (porque así me lo pidió el director)de mi propuesta de tesis donde un posible lector y el mae me sacó las lágrimas diciendo que era preocupante, que yo obviamente no manejaba la teoría. Con el tiempo concluí que era cierto, pero mi propuesta no era menos mediocre que las de la mayoría. Como decís vos, es un rito de iniciación para poder poner Lic. o M en frente del nombre de uno en la correspondencia.

Lachi dijo...

Y lo peor: el epílogo de la historia es la entrada anterior, es el incidente de los canapés y los terribles cuestionamientos hacia mi propuesta gastronómica. Ese mismo día el mundo se empeñó en patear a Lachi en las puras pantorrillas :P

Anónimo dijo...

Jajajaja, sino de esos hijueputas sobran.

Aqui felizmente cito a Alvaro Zamora profesor de Filosofía del Instituto Tecnológico de Costa Rica, Departamentos de Ciencias del Lenguaje. A mí personalmente nunca me dio clases, pero sí una y otra vez vi tratar con soberbia y actitudes altamente humillantes a mucha gente. Al punto que si me lo topo hoy día y el carajo me hace mala cara, me lo sampo de una manazo.

Sabes que Alvarito, sos un grandísimo hijo de puta!! no se como hizo su doña para aguantarlo tanto antes de divorciarse :P

Y me acuerdo de otro hijueputa que me entrevistó para una beca, pero no me sé el nombre :( . Pero igual si lo veo y me dice algo le doy :D

jajaja, ahh la vida academica...

djtopo dijo...

jaja, auch, eso me dolió...
no mentira, mirá, es que todo tiene un limite y una forma de hacerse. aunque lo que yo doy es diseño publicitario en la u, es practicamente una evaluacion subjetiva, aunque si tecnica de los trabajos que me presentan. pero me vas a perdonar, hay bretes que le presentan a uno que no hay mas camino que decir la verdad, aunque el estudiante crea que esta uno siendo duro o inquisidor.
pero en fin, si se de profes, y muchos que tuve tambien, que se pasan de la raya, y mas de un comentario que me hicieron, que no lloré porque de veras, jeje.

en fin, de todo hay en esta vida.