Atolondradas almas juveniles y pecadoras en el Matsuri 2006. Amway es una empresa dedicada a comercializar una gran cantidad de productos por medio de agentes vendedores. Un día, un conocido llegó a hablarme sobre la gran maravilla que representaba el pertenecer a este exclusivo sistema de ventas y nos invitó a participar en un seminario informativo. El hombre encargado de la charla, enfundado en un elegante traje entero, alto, de voz enérgica y muy sonriente, comenzó su discurso con una frase tentadora -“
Ser millonario es fácil”-. Varias anécdotas y ejemplos después, Amway dejaba de ser una alternativa para redondear las ganancias de una persona corriente con un salario promedio, para convertirse en la única solución para surgir económicamente y ganar prestigio. Eso sí, no era suficiente conformarse con el paquete de 14.000 colones (de aquellas épocas), con un champú, un jabón, un desinfectante y un portafolio, sino que las recomendaciones de la empresa se orientaban a darle cacería a cuanto amigo, familiar y conocido se tuviera cerca, en virtud de escalar dentro dentro de la pirámide de ventas. La masiva afiliación de personas le garantizaría al novato la posibilidad de llegar a ser un admirable socio “esmeralda”, “perla” o “diamante” y según las palabras del orador, el tener ganancias similares a las de un potentado multimillonario, pero sin la terrible incomodidad de esforzarse excesivamente.
Muchos años antes, una compañera del colegio, me revelaba el gran secreto para alcanzar la vida eterna. Biblia en mano, me sometía a una especie de curso de inducción, donde el paquete incluía la lectura de unos versículos subrayados en marcador verde fosforescente, seguidos de una oración. En cuestión de minutos, fácilmente mi alma requete pecadora (porque a los 14 años es definitivo que se han cometido todos los pecados posibles), fue redimida y salvada de retorcerse en terribles llamarones infernales. Eso sí, mi compañera dejó claro que en gratitud a tan especial dádiva, debía repetirle el mensaje que acababa de recibir al resto de la humanidad, porque hacerlo me garantizaría un puesto más cercano a Dios y entre más almas salvara, mayor recompensa iba a obtener. Mi misión desde ese día, debía enfocarse en llegar a ser una especie de "socio diamante" versión celestial.
Ya viéndolo desde lejos, el champú no estaba tan feo y el discurso cristiano me sirvió para excusarme de algunas clases de religión en el colegio. Pero más allá de estos beneficios, esas experiencias me enseñaron a comprender porqué en cualquier autobús, fiesta, reunión o evento de animé, siempre existirá la posibilidad de encontrarse con alguien tan amable como insistente, deseoso de ofrecerle una membresía de Amway o una afiliación vitalicia al paraíso. Detrás de ofertas tan jugosas, como convertirse en ricachón o santo de la noche al día, siempre surge la sospecha. Así, por extraño que parezca, habrá algunos capaces de declinar tan atractivas invitaciones únicamente por el gozo de tener un trabajo convencional o bien, sortear el chance de quemarse en las llamas del infierno, sólo por disfrutar del esfuerzo que conlleva, ejercer el tan preciado derecho a elegir.